La Caverna de la Historia

Pequeños apuntes de nuestro pasado

Idus Martii

Los idus de marzo, correspondientes con el día 15 del mismo mes, suponían buenos augurios para el pueblo romano.

Aquel idus de marzo de quinto consulado de Julio César, salía de camino al Foro el máximo dirigente del pueblo romano, ya que había sido convocado por un grupo de senadores que querían entregar una petición, la cual recogía que los poderes otorgados al gran Julio serían devueltos al Senado. Se cuenta que Servilio Casca, el cual estaba involucrado en una conspiración para asesinar al dirigente romano, avisó a Marco Antonio (amigo y familiar de Julio César) sobre un complot para asesinar a César y corrió tras los pasos de Julio, que entraba en el Teatro de Pompeyo. A las escaleras del mismo, un vidente le advirtió de un gran peligro que le ocurriría en los idus de marzo, a lo que Julio contestó riendo “los idus de marzo ya han llegado“… el vidente le espetó “sí, pero aún no han acabado“.

Tulio Cimber entregaba la petición de los senadores al Pontifex Maximus, éste comenzó la lectura y en ese momento Tulio tiró de la túnica (algo impensable, ya que el pontífice era intocable, la máxima autoridad religiosa de Roma).

Ista quidem vis est?

Servilio Casca asestó un corte con una daga en el cuello de Julio y éste reaccionó clavando su punzón de escritura en el brazo del agresor mientras le espetaba “¿Qué haces, Casca, villano?“. Situación de gravedad ya que estaba totalmente prohibido portar armas en los recintos senatoriales. Casca pidió ayuda al resto de los conspiradores al ver respondida la agresión, que se avalanzaron sobre Julio asestándole 23 puñaladas que acabaron con su vida. Mientras trataba de escapar de los golpistas, vio a Marco Junio Bruto, su querido Bruto dirigiéndose hacia él con un puñal y, según las distintas fuentes, le dedicó unas palabras:

Καὶ σὺ τέκνον? (según Suetonio)

César trató de escapar de sus agresores, 60 furiosos senadores, cegado con su propia sangre tropezó e indefenso, fue rematado allí mismo mientras la vida se le escapaba del cuerpo a los pies de la estatua de Pompeyo (su querido y admirado enemigo). Los conspiradores huyeron dejando su cuerpo allí hasta que fue recogido por varios esclavos y llevado a su casa hasta que Marco Antonio (el cual había escapado a la misma suerte que César debido a la intercesión de Bruto frente a Cayo Casio Longino, otro de los cabecillas de los conspiradores, que había sugerido matarle) lo mostró a los ciudadanos.

El decimotercer día antes de las kalendas de abril se celebró un funeral de honor por el ilustre asesinado. Marco Antonio fue el escogido para celebrar la elegía, enumerando los éxitos de César, y leer su testamento provocando que una muchedumbre asaltara las casas de los conspiradores.

El botones Owens

En el año 1936, Berlín acogió los Juegos Olímpicos de verano. Por aquel entonces, Alemania se encontraba inmersa en un proceso de nazificación llevado al extremo, que provocó incluso que atletas alemanes no pudieran participar: Grettel Bergman, atleta judía, fue excluída de los Juegos a pesar de que el mes anterior había igualado el record nacional de salto de altura.

La sorpresa la llevó a cabo el afroamericano Jesse Owens, nacido en Oakville (Alabama). Jesse, era hijo de un granjero y nieto de esclavos, fue nombrado así por un profesor del instituto al que asistía por la forma que tenía de pronunciar sus iniciales, James Cleveland. Ganador de 4 medallas de Oro (100m, 200m, Salto de Longitud y Relevos 4×100), empañó la supremacía aria que el gobierno alemán pretendía mostrar al mundo (a pesar de quedar primeros en el medallero muy por delante del 2º clasificado, EE.UU).

Owens, que el día anterior había ganado la medalla de los 100m, estaba disputando las semifinales de salto de longitud, rozaba la descalificación. Los dos primeros saltos habían sido nulos, en ese momento, se le acercó el atleta alemán Luz Long, que en ese momento había superado el anterior record olímpico. Le recomendaba calcular bien su salto desde varios centímetros antes de la tabla de batida, para así evitar el tercer salto nulo y la descalificación. Owens obedeció y conseguida la clasificiación, la final se celebraría al día siguiente.

Owens venció en la final por delante de Long, segundo clasificado. El atleta alemán fué el primero en felicitar al afroamericano. Ambos posaron para los fotográfos.

Cuentan que Hitler salió enfurecido del Estadio, aunque se sabe que le aconsejaron que no aplaudiera a ningún medallista (ni siquiera llegó a felicitar a los atletas alemanes). Owens llegó a comentar que, aunque no le estrechó la mano, llegó a ser saludado por el Canciller alemán, que se había levantado, y que le devolvió el saludo. Recibió una felicitación oficial por escrito del gobierno germano. Fué aclamado por todo el estadio puesto en pie (110.000 personas) y la gente le pedía autografos.

Se le permitió estar en los mismos sitios que la gente de “raza blanca”, viajar en los mismos sitios en transporte público y alojarse en los mismos hoteles, algo bastante irónico, ya que en Estados Unidos no podía hacerlo debido a las leyes raciales. Ni siquiera fué invitado por el presidente estadounidense a una recepción en la Casa Blanca (Roosevelt rechazó recibirlo; Owens siempre dijo que fue Roosevelt y no Hitler quien le trató con brusquedad) y volvió a su antiguo trabajo: botones en el hotel Waldorf-Astoria de Nueva York.

Long, el alemán que lo ayudó a clasificarse para las finales, se enroló en la Luftwaffe al comienzo de la II Guerra Mundial y murió durante la invasión aliada de Sicilia de 1943. Owens siempre se mostró agradecido con él, llegando a decir de Long:

Se podrían fundir todas las medallas y copas que gané, y no valdrían nada frente a la amistad de 24 quilates que hice con Luz Long en aquel momento

Las 4 medallas en unos Juegos Olímpicos fueron exclusivas de aquel botones afroamericano hasta la llegada de Carl Lewis en 1984.

Jesse Owens murió en Tucson (Arizona) a los 66 años debido a un cáncer de pulmón (era un fumador empedernido, fumaba 1 paquete diario).

Secessio Plebis

Durante la República Romana, dentro de la ciudadanía, existían las categorías de Plebeyos y Patricios.  Podríamos definir a la clase patricia como la nobleza de la época (descendientes de una de las primeras tribus que poblaron la primigenia ciudad eterna, subdivididas a su vez en curias). No eran para nada iguales.

Gracias a los censos de la época, podemos conocer que gran parte de la clase plebeya estaba formada principalmente por artesanos. Cabe destacar que en esta clase plebeya cabían todo tipo de individuos, tanto ricos como pobres.

Aunque ambos grupos accedían a la ciudadanía romana (algo así como un pase VIP de la época), no tenían exactamente los mismos derechos, la plebe no podía acceder al Senado, ni participar en las votaciones, contraer matrimonio libremente. Durante mucho tiempo, aceptaron dichas limitaciones debido a los privilegios obtenidos por la ciudadanía (podéis obtener más información aquí).

La crisis entre plebeyos y patricios estalló hacia el 494 a.C., Roma se encontraba al borde del abismo frente a los volscos y ecuos (pueblos vecinos de la ciudad romana), necesitaba armar rápidamente un Ejército y, los patricios aprovechando que muchos plebeyos se encontraban arruinados y al borde de la esclavitud (tener deudas era uno de los supuestos para perder la ciudadanía y todos sus privilegios), plantearon cambiar las leyes de ciudadanía para evitar dicha pérdida de categoría de Ciudadano a Esclavo a cambio de que gran parte de la clase plebeya se integrara en el Ejército.

Pasado el peligro originado por estos pueblos del Lazio, los patricios no respetaron sus compromisos. Los plebeyos se reunieron en asamblea y decidieron retirarse de la ciudad hacia el Monte Sacro. Los patricios vieron aquí la oportunidad de limpiar la ciudad de aquellos elementos indeseables (recordemos que la clase plebeya estaba formada  por elementos tanto ricos como pobres y marginales).

Conforme pasaba el tiempo, con Roma paralizada, los privilegiados se dieron cuenta que necesitaban de aquellos elementos que tanto despreciaban y acordaron, a cambio de que volvieran a la ciudad:

  • Aceptar a dos representantes de la plebe, llamados Tribuni Plebis, en el Senado; con derecho de veto ante cualquier decisión que pudiera afectar a su clase.
  • La creación de una asamblea compuesta sólo por plebeyos, llamada Concilium plebis.

Posteriores secesiones sirvieron como medida  de presión ante los patricios con el fin de adquirir un mayor número de privilegios (la más significativa fue la consecución de la Ley de Igualdad Romana, también conocida como Ley de las XII Tablas, una ley escrita que ampliaba y definía derechos y obligaciones de la clase plebeya); la última secesión de la plebe quedó registrada en el año 287 a.C., en ella, se retiraron al Monte Aventino, tras ésto, consiguieron que el Senado Romano reconociera las decisiones de la Asamblea Plebeya como ley, acuñándose la expresión Plebis scitum.

En cualquier caso, muchos autores llegan a considerar estas secesiones como las primeras huelgas generales de la Historia; tomando una parte del pueblo romano, conciencia de clase y lucha social, sentaron la base de la igualdad social.

El incidente Jenkins

Tras el fallido intento de invadir la “Pérfida Albión”, en el año 1729, se firma el Tratado de Sevilla entre Gran Bretaña y España por el cual, los ingleses se reservan el derecho de enviar un barco al año a las colonias americanas españolas, con el fin de comerciar con las mismas (conocido como Navío de Permiso).

Este Tratado otorga a los españoles a ejercitar el llamado “Derecho de Visita”, es decir, los navíos españoles podían interceptar a los ingleses e inspeccionar su carga. Ésto provoco la proliferación del contrabando por parte de británicos y holandeses, necesitando los españoles aumentar la seguridad de los navíos y las rutas, necesitando la ayuda de “guardacostas” (embarcaciones privadas con concesiones reales) para realizar dicha labor.

En el año 1731 es donde comienza la llamada Guerra de la Oreja de Jenkins. El señor Robert Jenkins, comerciante para los amigos y pirata/contrabandista para los no tan amigos, capitaneaba la Rebecca cuando ésta fue abordada en el Mar Caribe por los Guardacostas del Capitán Julio León Fandiño, al mando de La Isabela. Se desconoce la naturaleza exacta de la carga que llevaban, así como su destino (se cree que estaban de regreso a Europa).

La historia de lo que pasó a continuación, la contó el propio Jenkins en varias ocasiones. Según el susodicho, el Capitán español le cortó la oreja izquierda con su espada al tiempo que le advertía:

Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve.

Al llegar a Inglaterra, concertó cita con el Duque de Newcastle en su calidad de Secretario para las Colonias del Sur, elevó su queja al mismísimo rey Jorge II, pero su caso pasó desapercibido hasta que en el año 1738 volvió a exponerlo en la Casa de los Comunes, mostrando incluso su oreja izquierda cercenada como prueba. Ésto último no ha podido ser corroborado, ya que según los ingleses, Jenkins presentó su oreja como prueba, según los españoles se clavó en una pica como escarnio público.

Lo cierto es que el caso encendió la opinión pública inglesa que exigieron inmediatas reparaciones, llegando a un principio de acuerdo con los españoles, pero no fue suficiente y ambos se prepararon para la guerra.

Se desarrolló principalmente en el Mar Caribe, tras varios intentos ingleses de tomar Cartagena de Indias y de los españoles por hacerse con Gibraltar, varias derrotas de la Royal Navy, se llegó a un punto de inmovilidad bélica (a pesar de la entrada en la guerra de los franceses). Los países enfrentados decidieron volver al Stato Quo Ante Bellum: los españoles se aseguraron la hegemonía atlántica hasta finales del siglo XVIII, los ingleses conservaron su Navío de Permiso así como el negocio de esclavos y algunas plazas fuertes (la más importante, aún la conservan: Gibraltar).

Y al pobre Jenkins, como compensación, se le otorgo el mando sobre una nave de la famosa Compañía Británica de las Indias Orientales, llegó a gobernar durante unos meses la Isla de Santa Helena (donde estuvo preso Napoleón, Emperador de los Franceses) y, suponemos, le dejarían quedarse con su famosa oreja.

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